18 de cien… El viento que mece.

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Recuerdo observar por la carretera esos molinos gigantes, que por un momento me trasladaron al Quijote. No encuentro la forma de luchar contra ellos y la razón me afirma que la lanza de tan manchego caballero tampoco hubiera servido…

Pensé que tal vez no hay lucha contra lo estático y al mirar sus aspas entendí que soplaba sin aliento, era él quien luchaba, el fenómeno… lo inevitable.

Al paso por  Cabo Trafalgar el paisaje cambió. Decidí hacer una parada .

Al poner mis pies en el suelo sentí como me empujó. Fue dueño de mis pasos como si quisiera trasladarme raudo a enseñarme el secreto de su fuerza. La mar, como decía Alberti, estaba en calma. Me descalce dirigiéndome a la orilla, él solo mecía sus aguas y a mis pies llegaba sumisa. Dejé que me envolviera, noté el roce en mis labios resecos como si quisiera que bebiera de su aliento.

Abrí los brazos y girando sobre mi busqué que se abrazara. No luché deseaba que me poseyera cómo a esos molinos inertes que llenaba de fuerza con su soplo. Ansiaba el abrazo de la energía  que me trasladaría en mi mente a todos esos momentos vividos en el pasado.

Papá era el compañero de viaje del viento hacía años. Cada gránulo de arena transformado en recuerdo se hacía liviano al soplo del susurro de él en mi oído…

Yo también te quiero -le dije.

Nieves.

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